Redacción Ciberadio
El filósofo y teórico social alemán Jürgen Habermas murió este sábado a los 96 años en Starnberg, cerca de Múnich, según confirmó su editorial, Suhrkamp. Con él se va una de las voces más influyentes de la filosofía y las ciencias sociales del siglo XX y comienzos del XXI, y también un intelectual público que intervino durante décadas en los debates que definieron la Alemania de la posguerra y la idea misma de Europa.
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Habermas se hizo mundialmente conocido por una pregunta que sigue vigente: cómo se sostiene una democracia cuando la conversación pública se deteriora. Desde sus primeros trabajos sobre la esfera pública —ese espacio donde ciudadanía, prensa e instituciones discuten y forman opinión— hasta su gran síntesis en Teoría de la acción comunicativa, insistió en que la legitimidad política no se compra ni se impone: se construye cuando hay reglas de discusión, argumentos y respeto por el otro.
Su trayectoria fue inseparable del clima moral de la posguerra alemana. Nacido en 1929, formó parte de una generación que creció con el derrumbe del nazismo y la necesidad de revisar la memoria histórica. En los años 80, por ejemplo, fue una figura central en la disputa pública sobre cómo Alemania debía narrar su pasado, una controversia que atravesó a la academia y llegó a la política y los medios.
A diferencia de muchos pensadores encerrados en la universidad, Habermas practicó la intervención pública: escribió, polemizó y se pronunció sobre temas de su tiempo, desde el rumbo de la integración europea hasta el auge del nacionalismo y los límites de la política tecnocrática. En sus últimos años, siguió opinando sobre el pulso geopolítico que atraviesa al continente y sobre los dilemas éticos que enfrenta Europa en escenarios de guerra y polarización.
Su legado es, a la vez, académico y cívico. Habermas dejó una caja de herramientas para leer la democracia en tiempos de ruido: cuando el debate se degrada en propaganda o cuando la conversación se fragmenta, lo que está en juego no es solo la política, también la confianza colectiva en la verdad, la justicia y la convivencia.
La muerte de Habermas marca el final de una era de grandes intelectuales públicos en Europa. Sus preguntas —cómo deliberamos, cómo nos escuchamos, cómo evitamos que el poder colonice la vida cotidiana— quedan abiertas y resuenan con fuerza en un mundo donde la conversación pública es cada vez más frágil.





